El racismo en mi vida

He pensando muy poco en la forma en la que el racismo ha afectado mi vida. De niña nunca recibí comentarios racistas o alguna referencia sobre mi color de piel, pero las escuché. Como cuando me bronceaba y me decía mi familia: «Te pusiste negrita»; no lo decían tan ofensivamente pero, por supuesto, no se sentía como halago. Incluso ahora lo sigo escuchando, pocas personas dicen: «Te ves bronceada», es: «Te ves negra».

Que estuviera quemada por el sol lo asociaba como algo negativo y cuando iba a la playa trataba de no asolearme, sobre todo en la cara. Llegué a tomar como cumplido el hecho de que me señalaran que no me veía bronceada.

También escuché que les decían «negra» o «negro» a compañeras y compañeros que tenían un color de piel más oscuro. En la secundaria, una etapa muy complicada personalmente, vi expresiones clasistas y racistas hacia una compañera y un compañero que provenían de Oaxaca. Les decían despectivamente «los oaxacos«, eso me incomodaba mucho, pero honestamente nunca pude confrontar a mis compañeras y compañeros al respecto, no sabía cómo.

El chavo se hizo de mala fama y seguido lo reportaba. Lo que reflexiono ahora es que todo ese rechazo lo afectó. La chica era muy aplicada para la escuela y las tareas el primer año, luego, el rechazo y el racismo al que fue sometida la obligaron a buscar otras amistades y formas de «encajar». Yo le hablaba bien, pero dejé de juntarme con ella porque comenzamos a tener intereses distintos y diferentes amistades. Ella bajó de calificaciones y pasó de ser aplicada a meterse en problemas. No había reparado mucho en está historia hasta hoy.

Yo nunca sentí, al menos consiente, tener algún rechazo o problema con juntarme o hablarle a alguien de un color más oscuro al mío. En mi familia, las únicas con un color de piel más claro eran mi mamá y mi hermana mayor.

Cuando mi hermana mayor tuvo hijos, eran de piel muy clara, por eso mi papá les empezó a decir, y aún les dice: «los güeros», aunque actualmente su piel no sea muy clara.

Al nacer otros sobrinos, todos ellos hermanos, mi papá le decía a mi hermana que tenía al capuccino, a la leche y al negrito. Hasta hace un par de años lo veía normal, de «cariño», sin darme cuenta que son expresiones racistas que normalizamos diciendo que son de cariño o que no tienen connotaciones negativas.

Por supuesto, he usado filtros para aclarar mi piel, tengo fotos en las que, definitivamente, no se nota mi color real de piel y era algo muy inconsciente para mí porque creo que he normalizado el racismo en sus expresiones mínimas, aunque todavía considero que lo puedo identificar en otras persona cuando son claramente racistas y clasistas.

Siempre me han llamado la atención las personas blancas, rubias y de ojos claros. Me dije, durante muchísimo tiempo, que se trataba de esa atracción que sientes por algo que no posees: la blancura, pero por ahí escondido se encuentra mi colonialismo interiorizado.

Además de lo anterior, me parece que dotarles del adjetivo de belleza a la gente blanca es directamente consecuencia de la falta de diversidad que vemos en la fotografía, en la publicidad, en los medios audiovisuales como el cine y la televisión. De alguna manera, he descubierto que me siento sumamente intimidada cuando convivo con personas blancas, especialmente con mujeres blancas.

Todo esto me ha hecho reflexionar acerca de cuánto he minimizado el racismo al punto de casi ni notarlo y, seguramente, estaré omitiendo otras tantas formas más de racismo que estoy normalizando.

He intentado ser cautelosa y no usar expresiones racistas o discriminatorias, estoy segura que me falta muchísimo por aprender y por concientizar.

En mi historia de vida, aún no encuentro momentos donde haya tratado a una mujer diferente por su condición social o color de piel; pero he visto y me he encontrado en espacios laborales donde lo hacían y estoy convencida que lo siguen haciendo.

Por ejemplo, hay una diferenciación del trato con mujeres que se dedican a la limpieza en la oficinas, y que, por lo general son las primeras con las que establezco conversaciones en espacios laborales, pero que otras personas tratan con desdén.

El tema de mi piel llegó cuando fui un poco más consciente de ella y, en algún punto, me frustró porque no sentía que perteneciera a ningún lado, no soy blanca, pero tampoco muy morena y tampoco me siento representada en ningún espacio público, menos audiovisual.

Seguramente he vivido y vivo privilegios, pero estoy en el largo camino de la deconstrucción no solo patriarcal, también racista, clasista y colonialista.


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