Pequeña gigante

Esta es la historia de una mujer enana que nació en un día de otoño. No conoció a sus padres, pero desde su nacimiento fue arropada y criada en el circo. De bebé cabía en una pequeña caja de zapatos. Las trapecistas y los taquilleros se turnaban para cuidarla; aunque descubrieron que era enanita hasta los cinco años cuando los hijos de los cuidadores de leones crecieron considerablemente más que ella.


Con todo y su condición, en el circo la querían mucho. Su apariencia inspiraba ternura a quien la viera, sobre todo sus pequeñas manos y pies. Cabía en los lugares más estrechos y recónditos. Tenía un carácter apasible y dócil muy adhoc a su apariencia.


Durante la niñez, todo el mundo la procuraba. La mujer pistolera le trenzaba el cabello; las gimnastas le contaban cuentos al anochecer; el equilibrista le mostraba sus trucos en la cuerda floja; el domador de leones le contaba sobre sus hazañas en
África con animales salvajes. Ella escuchaba fascinada las historias de cada integrante de ese circo que se había convertido en su hogar.

Era tal su ternura que las personas no contenían sus deseos de cargarla y arrullarla. Incluso, si se enojaba, las personas reían debido a sus expresiones. Con el tiempo, la delicadeza que le atribuían le fastidiaba. La trataban como una niña aunque fuera una adolescente. La cargaban contra su voluntad si se rezagaba durante las caminatas y le prohibían actividades que fueran demasiado “peligrosas” para ella.


Aunque el cariño no le faltó, la atención es poca para alguien de su estatura. Las personas chocaban y la pisaban por accidente, era como si fuera invisible. Eso la hacía sentir sola, triste e incomprendida. A pesar de caber en cualquier sitio, sentía que no había lugar para ella. Cómo hacer cosas grandiosas cuando eres tan pequeña, se preguntaba.


A los veinte años alcanzó a medir un metro con diez centímetros. Acostumbrada muy a regañadientes al trato condescendiente que recibía por su aspecto físico, intentaba ayudar con las tareas previas a los espectáculos circenses. Ayudaba a alimentar a los elefantes, a preparar al escapista, pero mayormente, sentía que encajaba con los payasos que, de vez en cuando, le permitían entrar a escena durante sus actos. El único momento donde pensaba que la gente sí la veía.

Amaba los días de espectáculo. Le fascinaba la variedad de personas que acudían al circo. Se imaginaba la vida de esos hombres y mujeres, intentaba memorizar sus gestos y ademanes para imitarlos por las noches, a solas, cuando tenía ensoñaciones sobre ser alguien distinta. Eso le ayudaba en días tristes donde la frustración se convertía en lágrimas por no poder hacer grandes hazañas como las de los artistas del circo. Muchas veces, sentía su cuerpo como una cárcel que no le permitía ser quién le gustaría.


Le agradaban, sobre todo, las niñas y los niños porque no la trataban diferente. Durante los intermedios, acompañaba a la vendedora de bebidas para poder hablar con ellos. Le gustaba su imaginación, las frases divertidas y disparatadas que decían cuando sus padres no escuchaban. Les entendía, entendía qué se sentía que nadie los tomara en cuenta, que no los escucharan o los vieran porque así se sentía ella.


Una mañana se levantó y se alistó para las labores cotidianas. Al ponerse sus botas, notó que le quedaban un poco apretadas, pero no reparó mucho en ello hasta que el dolor en sus pies fue insportable. No podía ser posible que le quedarán justas las botas que había usado casi toda su vida, no podía ser a menos que… creciera, pero eso era imposible, había dejado de crecer
desde los ocho años.


Esa noche cuando todos dormían, se escabulló al camerino de una de las tracepistas. Sabía que tenía una cinta métrica porque estaba obsesionada con el tamaño de su cintura. Tomó del cajón la cinta, se colocó frente a la pared y marcó ligeramente, con un lápiz, un punto donde quedaba su coronilla. Se alejó y puso la cinta mética en la pared que marcaba un metro con veinte centímetros, era diez centímetros más alta.


Salió de prisa del camerino hacia su habitación, temblando del miedo y los nervios. Quizás estaba alucinando, se repetía, y era una de sus ensoñaciones, una muy cruel y angustiante. No pudo descansar y durmió muy poco pensando en ese número en la cinta métrica.


Al día siguiente, intentó deformar un poco las botas para que no le lastimaran los pies. Con nerviosismo, continuó con sus labores, evitando acercarse a las personas para que no notaran su abrupto crecimiento. En realidad, nadie lo notó. Estaban tan acostumbrados a verla pequeña que unos centímetros más vistos desde la altura de cada una y cada uno no fueron nada sospechosos.

Esa misma noche volvió al camerino de la trapecista para medirse; el resultado fue: un metro veinte centímetros. Todos los días de esa semana la rutina se repitió. Escapaba al camerino para medirse y así cerciorarse de no crecer ni un solo centímetro más.


El resto no notaba el cambio físico, solo notaban un comportamiento más solitario, pero lo achacaban a los ratos en los que se abstraía y se aíslaba de todas las personas.


Aliviada de no crecer otro centímetro, poco a poco recuperaba su vida diaria, como lo había sido antes de ser diez centímetros más alta. Incluso, aunque nadie lo notara, ella se sentía un poco más segura y confiada en sí misma.


Al mes siguiente notó que su ropa no le ajustaba igual que antes. Una punzada en el pecho empezó a molestarla, el pulso se aceleraba tanto que sentía que iba a desmayarse. Ese día no espero al anochecer, y sin que nadie la viera se escabulló de nuevo al camerino de la trapecista. Continuando con el ritual que había dejado de realizar unos días atrás, confirmó sus sospechas: un metro treinta centímetros.


Sin pensarlo, tomó la cinta métrica y fue a su habitación a tomar unas pocas de sus pertenencias. Sus manos, ahora ya extrañas para ella, temblaban frenéticamente. Corrió al oeste, donde se pone elsol, cruzó el arroyo que dividía el terreno del circo de los
pastizales olvidados y abandonados. Sollozaba, crecer la haría perder el único hogar que conocía, se maldijo por haber deseado antes ser más grande.


Cada semana se medía, cada semana era diez centímetros más alta, ¿dejaría de crecer? Esconderse era una opción, pero con el tamaño que alcanzaba pronto no habría lugar para esconderse. Aquellos pequeños huecos y resquicios donde antes cabía dejaron de ser refugios.


En el circo se preguntaban por su paradero, al principio consternados y tristes, luego un poco indiferentes. Algunos pensaban que había huido; otros, imaginaron lo peor, que había sido devorada por los leones. Después de semanas, las búsquedas por encontrarla resultaron ociosas y prefirieron espacir el rumor, que luego se convirtió en mito, de que se había quedado atrapada en uno de esos agujeros en los que tanto le gustaba esconderse.


Una noche regresó al circo, con cautela para no ser descubierta, tomó algunas telas que tenían las gimnastas y una gran capa que usaba el maestro de ceremonias. Su ropa ya no le quedaba, para ese momento medía un metro con ochenta centímetros, era mucho más alta que el escapista de quien tomó unas botas.

Al mirar atrás se preguntó si la aceptarían de vuelta ahora que ya no era una enana. Desechó la idea, las y los niños le temerían; no podría regresar a las rutinas con los payasos; nadie la cargaría, nadie la vería con ternura y quizá, hasta la rechazarían. La idea la atormentó y emprendió el regreso a su solitario escondite en ese nuevo cuerpo, del que le hacía tanta falta aprender.


Cuando midió dos metros con cincuenta centímetros, en el mismo día de otoño en el que nació, decidió regresar y mostrarse. En cuanto se acercó al circo todos la vieron con asombro, algunos con miedo y otros con fascinación. Ninguno de sus antiguos compañeros del circo la reconoció. Todo el mundo la miraba y ella se sentía tan incómoda porque nunca había experimentado ser tan visible. «Así que esto es ver el mundo desde arriba”, pensó; vislumbró que todas las personas eran solo puntos pequeñitos, casi invisibles como ella lo había sido alguna vez.

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