Escape

Escribo desde los doce años, edad en la que me hice consciente de mi hipersensibilidad. Mi sensibilidad a los sentimientos, a la naturaleza, al entorno, a cómo se sentían las demás personas, a las palabras y a la música. Me he estado preguntando en los últimos años sobre la forma en la que ciertas situaciones marcan nuestra existencia a una corta edad, nos moldean, nos encaminan a seguir rumbos que no imaginábamos.

No creo que sea especial, no soy especial, pero me gusta pensar que lo que siento con esas cosas que me hacen ser tan sensible son únicas e irrepetibles en mi vida. Así, a los trece años cuando conocí a una banda llamada Coldplay comencé con las ensoñaciones acerca de estar en otro lugar, de conocer otros lugares fuera de esa colonia tranquila y alejada del centro de esta ciudad.

“No te quieres quedar aquí”, me repetía una de mis hermanas. Antes, pensaba que mi vida estaría hecha para hacer grandes cosas, pero conforme pasan los años soy mucho más modesta sobre lo que puedo o no lograr, sobre el verdadero impacto de mi vida y lo que hago, me doy cuenta que no es tan grande como pensaba.

La edad también me hizo poner en perspectiva aquello de los sueños, me quitó la pasión que sentía de joven por lograr lo que pensé que estaba destinada a hacer. Por eso cuando el boleto de avión se materializó quise no poner todas mis esperanzas en eso de alejarme de la vida cotidiana y de mí misma, de lo que soy ahora, porque quizá el descenso iba a ser duro.

A los trece años cuando la música me trajo momentos de confort y salvación, cuando la melancólica música británica llegó a mi vida empecé a soñar con visitar algún día ese lugar. Esa pequeña isla a la que tanto ama Damon Albarn y que nos brindó a muchas y muchos de nosotros un sentido extraño de pertenencia, es como si esa isla recibiera a todos los inadaptados del mundo y nos dieran un lugar donde existir.

Muchos otros lugares que he querido visitar en mi vida tienen relación con la música porque antes y ahora es lo único que me conecta con el hecho de ser humana. Ahora ya todo es tan absurdo, tan finito, tan efímero y destructivo que lo único que me mantiene en relación con mis sentimientos es la música.

¿Qué problemas se inventarán los países nórdicos? Sólo pueden hablar del interior porque a diferencia de esta región del planeta en donde nací y crecí donde para mantenerte cuerda debes ser revolucionaria y contestataria que ese sólo hecho casi anula tu individualidad y tu capacidad de identificar que también sufres y sientes.

Todavía no logro poner en palabras aquello que sentí ese día sentadas frente al mar en un lunes mientras veíamos a las personas haciendo kayak en Copenhague. Ni lo que sentí acostada en el pasto en Hyde Park otro lunes mientras comíamos un lunch con vino en lata. Parecía otra vida, una vida alterna que se sentía normal y natural. Cómo era no correr hacia algún lugar, cómo era no sentir que tenías un pendiente, cómo era sentirse presente, cómo era simplemente vivir.

A mi familia se le hacía un nudo en la garganta cada que recordaban que me iba de viaje: “es tu sueño”, me repetían y yo no lo quería repetir en mi cabeza porque me había convencido en los últimos diez años que los sueños no son nada útiles para seguir adelante con una rutina tan pesada como es ser adulta. No quería que ni Copenhague, ni Londres fueran un cruel placebo con un efecto tan efímero que luego doliera el regreso a esta realidad.

Por supuesto, no quise idealizarlo y, creo, nunca he sido más consciente de mi color de piel, de ser extranjera, de ser una outsider en el transporte público o en la calle. Las ciudades grandes son un reto difícil de sobrellevar. De alguna forma, la agitada y hostil vida de la Ciudad de México me preparo para enfrentar otro tipo de hostilidad o de caminos desconocidos que había que transitar. Pero también, no había estado en una ciudad tan diversa como lo es Londres o en una capital tan ligera como lo es Copenhague.

Cuando tenía veinte años, convencida de que estaba yendo por un camino que me alejaba de los sueños de adolescencia pensé muchas veces que quizá mi vida no pertenecía a este país, que he sido extranjera en mi propio país, he sido extranjera en mi propia familia que no entendía por qué yo no bailaba cumbia o salsa y escuchaba esa música ruidosa y extraña.

La verdad, es muy fácil pertenecerte en una ciudad como Londres, aunque no pertenezcas, porque te hacen saber que no eres de ahí. Tal vez, no es el lugar en sí, sino lo cómodo que es cuando estás rodeada de lo desconocido. Björk tiene una canción que se llama “Wanderlust” y habla precisamente acerca de desarraigarse de los lugares para explorar lo de afuera. De hecho, el término “wanderlust” se utiliza para las personas que les gusta mucho viajar.

Allá era una extranjera, pero siempre sido una extranjera en mi vida. Esta sensación de llegar siempre a un lugar nuevo, a un lugar donde ya hay reglas a las que me debo adaptar, de volver a empezar me pasa todo el tiempo con los cambios, en los primeros días de escuela, de trabajo, de un curso. Todo el tiempo he sido una extranjera, pero aquí siento que no me pertenezco, que voy sorteando estas reglas que no comprendo, allá me sentí libre, allá me pertenecía a mí misma.

Unos días antes de irnos de viaje caí en cuenta de lo mucho que me estaría alejando de mi entorno. Puse atención a mi alrededor y entendía la convención social en la que me encontraba, las charlas, la rutina de esta ciudad, mi inercia al caminar para llegar a mi encomienda y sentí una punzada, casi que se formaba un ataque de ansiedad. Por dos semanas iba a dejar todo eso, abandonarlo y no entendería ni el idioma, ni el lugar, ni los caminos para transitar hacia quién sabe dónde.

Le llamé a mi papá antes de tomar el vuelo y me dijo “mañana vas a despertar en otro mundo” y le dije irónicamente: “corrección, en el mismo mundo, pero en un país diferente”. Se lo dije para protegerme porque sé a qué se refería, treinta y tres años viviendo, respirando y estando en este lugar que me confronta todos los días, que me lastima también y en el que, no por elección, pero sí por las circunstancias, he hecho esta vida.

Al suspirar tanto a los lugares, pero sobre todo a cómo me sentía, empecé a pensar en casa, pero ¿qué es una casa o un hogar? Pensé en mi familia, en cuando mi papá me dijo que si me quedaba allá, nada más le avisara, en si mis raíces, después de todo, eran tan gruesas para permanecer en un sitio. ¿Te irías a vivir a otro lado?, nos preguntamos la última noche en Londres con una copa de champagne. Escuchaba a mis amigas con sus planes, con lo que definitivamente ya no querían en su vida y yo ahí, en ese lugar apartado de todo lo que conocía sencillamente no tenía ninguna respuesta, porque sigo sin saber qué quiero hacer con esta vida.

Sigo siendo muy modesta respecto a la grandeza o lo significativa que debe ser la vida de una persona. Aunque de vez en cuando es divertido imaginarse contestando preguntas a un famoso host de un talk show, sé que soy el promedio de todas las vidas en este planeta, que aunque sea para mí, único e irrepetible este sentimiento y conexión que tengo con cosas que a la mayoría le dan lo mismo o les parecen absurdas, soy una persona más en este mundo, una extranjera que no pertenece a ningún lugar.

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