Fui a mi primer concierto un primero de septiembre de 2006 para ver a la banda mexicana Zoé en el Auditorio Nacional. Quizá, antes había ido a algún concierto, pero esa fue la primera vez que pude ir a ver a una banda que me gustaba y que era consciente de ello. El momento me hizo sentir éxtasis, emoción y una felicidad que no había experimentado antes. Ese fue el principio de varios años siendo una ferviente asidua de los shows en vivo.
No me puedo quejar. Hasta hoy, he podido ver en vivo a muchos de los artistas que más he admirado. He llorado, reído, gritado, cantado, saltado en cada uno de los conciertos, sé que la emoción es absoluta y es plena, pero ya he hablado mucho sobre el sentimiento que me evoca la música y los conciertos en este espacio. En algún momento de mi vida me quise dedicar al periodismo musical porque creía que mi empleo ideal sería ir a conciertos y reseñarlos.
De ese 2006 para acá han cambiado muchísimas cosas. Cuando escribí sobre cómo es que la música y los conciertos aliviaban mi corazón y mi alma, estábamos todavía en confinamiento. Para alguien cuya única personalidad fue ir a conciertos, la pandemia resultó ser un punto de inflexión y yo dejé de ser una joven de veintitantos para comenzar los treinta.
En términos de lo que es ahora la experiencia de comprar boletos, todo se ha vuelto una pesadilla. Empresas y empresarios saben muy bien cómo lucrar con el fanatismo de las personas y tienen estrategias, que dejaron de ser opacas, son completamente cínicas y caen en la estafa.

El pasado 22 de enero salieron a la venta los boletos para el concierto de uno de los miembros del fenómeno coreano, BTS. No acabaría si transcribiera la cantidad de videos, comentarios y publicaciones de fanáticas describiendo cómo las hizo sentir esta venta de boletos, desde “me va a dar un ataque de ansiedad” a “me enfermé”. Lamentablemente, esto no es una excepción, es la norma.
Cuando se reanudaron los eventos en vivo, muchas personas comenzaron a ser críticas respecto a lo ridículamente absurdo y engorroso que es comprar entradas para un concierto. Alguna vez, leí en una publicación en X (antes Twitter) a alguien que se planteaba si realmente valía la pena el estrés, la frustración y la ansiedad —considerando que a nuestra edad, tener altos niveles de cortisol nos jode la salud— por comprar un boleto. Mi yo de 2006 hubiera dicho sin chistar que sí, pero ahora que soy adulta me la pienso.
Sí, la música nos salva, nos alegra y nos alimenta. Ahí está la tan replicada cita de Nietzsche: “Sin música, la vida sería un error”, pero una y otra vez se nos olvida que vivimos en un sistema capitalista que mercantiliza todo, hasta el amor a la música. Acá los responsables tienen nombre y apellido, así que no quise dejar esto en un comentario en redes sociales y me puse a investigar y leer un poco sobre LiveNation y su filial Ticketmaster, enemigos número uno de todos los fans en el mundo. Este texto es tan largo que les dejo acá una tabla de contenidos por si les es más sencillo ir directo a un apartado.
- El problemático monopolio de Ticketmaster
- Los artistas no saben, no dicen, no actúan
- Corona Capital, el festival de los abusos
- Detrás del negocio: los verdaderos responsables
- Investigaciones insuficientes y regulaciones ausentes
- Fans: la gasolina del negocio
- Recuperar nuestro poder como consumidores
- Comprar o no comprar, esa es la cuestión
El problemático monopolio de Ticketmaster
Ticketmaster es una boletera que nació hace 30 años en Estados Unidos. Mientras que LiveNation es una empresa basada legalmente en Delaware, Estados Unidos —no quiero dejar de mencionar que el estado de Delaware tiene reputación de ser paraíso fiscal de empresas— que en 2009 se fusionó con Ticketmaster. La compra de Ticketmaster por LiveNation le hizo ganar cerca de 4.1 mil millones de dólares. Ambas empresas cotizan en la bolsa.
Algunos expertos valúan a LiveNation por 25 mil millones de dólares, aunque en su página oficial reportan que en el tercer trimestre de 2024, obtuvieron ganancias por 7.7 mil millones de dólares, ¿se imaginan cuántos boletos podríamos comprar con ese dinero que no alcanzamos ni a dimensionar?
La fusión de LiveNation y Ticketmaster fue una operación que se realizó con el visto bueno del Departamento de Justicia (DOJ) de Estados Unidos. Quince años después, esa misma instancia, en mayo de 2024 para ser exactos, interpuso una demanda a LiveNation y Ticketmaster por conductas ilegales y monopólicas de la industria del entretenimiento en vivo.
“Es hora de acabar con LiveNation-Ticketmaster”, declaraba el fiscal general Merrick B. Garland en un intento por disolver la sociedad entre estas dos empresas y afirmando que su conducta es anticompetitiva y que perjudica a consumidores, artistas, recintos y promotores independientes.

El negocio de LiveNation es redondo. No sólo se dedican a vender entradas, a través de Ticketmaster, realizan labores de promoción y representación de artistas. Asimismo, controlan los recintos, tan sólo en Estados Unidos, son los dueños de 256 salas, 60 de los 100 anfiteatros del país y, según lo que dice la demanda del Departamento de Justicia, generan al año 22 mil millones de dólares en el mundo. Si esto no es un monopolio, no sé qué es.
A pesar de que las autoridades estadounidenses reconocen que el control y poder de LiveNation-Ticketmaster es problemático y ha ocasionado numerosas quejas de fanáticos, las mismas senadoras y senadores saben que no están haciendo lo suficiente para frenarlos.
La demanda contra estas empresas por parte del DOJ fue considerada como uno de los casos antimonopolio más importantes de las últimas décadas. Para que se den una idea, demandas similares han sido interpuestas a compañías como Apple, Microsoft y Meta que también han sido acaparadoras y se han encargado de deshacerse de la competencia.
Se estima que, en promedio, el precio para los 10 conciertos más demandados en el mundo (de los artistas que ya todo el mundo conoce) ha subido un 26% en los últimos 5 años. El aumento está supeditado no sólo al costo neto del boleto, sino también a recargos y tasas ocultas.
LiveNation se ha deslindado de este problema argumentando que ellos sólo se quedan con dos tercios del costo de los boletos, que, según ellos, cubren los costos operativos de los conciertos. Es más, LiveNation asegura que son los artistas quienes fijan el precio de las entradas.
¿Dónde quedó la bolita? ¿Quién es responsable de los precios exorbitantes de los conciertos? De acuerdo con el Departamento de Justicia, el modelo de negocio de LiveNation tiene en las cuerdas a los artistas, principalmente a aquellos independientes.
Si eres un artista que quiere presentarse en vivo para sus fans, la única oportunidad para hacerlo es en los recintos o venues que son propiedad de LiveNation. Al aceptar, LiveNation te obliga a firmar un acuerdo de promoción exclusivo. Los tickets únicamente serán vendidos por su boletera, Ticketmaster y estarás sujeto a todo su aparato de promoción. Este sistema, que se convierte en un ciclo sin fin, es el que denunció el DOJ en la demanda.
Pero, ¿será que los artistas no pueden hacer nada?
Los artistas no saben, no dicen, no actúan
Una de las situaciones que más me molesta de todo el asunto de Ticketmaster es que los artistas no actúen y, sobre todo, no digan nada. Ahí es donde se cae la estela de admiración por estas personas, algunas que iniciaron con casi nada o vienen de clase trabajadora.
Ya sé que me estoy contradiciendo porque en publicaciones pasadas escribí sobre por qué no le podemos exigir a los artistas que se anden posicionando sobre temas sociales, políticos y económicos que, mayoritariamente, ignoran, pero esta es la industria en la que trabajan. Entiendo que en la cadena de suministro de la industria musical, ellos, probablemente, sean el último eslabón. Digamos que son los peones o los oficinistas de toda la empresa, pero a diferencia de los peones y oficinistas, los artistas sí tienen influencia —que no poder, ya hablamos de eso— pero podrían hacer incidencia.
Han habido casos de músicos que se han posicionado en contra de LiveNation y Ticketmaster. No son la regla y, debido a los contratos ventajosos y la infraestructura que necesitan sus espectáculos, muy pocos toman acciones contra estas dos empresas, pero algunos de estos casos han ayudado a que Ticketmaster no abuse, tanto, de los consumidores.
“La venta y los precios está en manos de los promotores y representantes”
Después de 15 años separados y, con las súplicas de miles de fans, Oasis anunció su regreso el año pasado (2024). A la par del acontecimiento que representó que los hermanos Gallagher se “reconciliaran”, se le sumaron conciertos en el Reino Unido para el otoño de este año. El 1 de septiembre salieron a la venta los boletos para su concierto en el estado Wembley en Londres y el resultado fue desastroso.

Algunos medios reportaron que más de 10 millones de fans de 158 países intentaron adquirir boletos y, por supuesto, para sorpresa de nadie el sistema de Ticketmaster colapsó. Fanáticos expresaron que habían esperado horas en la fila para comprar boletos y después recibían un mensaje que decía que su cuenta había sido suspendida. Pero no fue sólo un sistema obsoleto y mal organizado el que desató la furia de los fans, si no la llamada tarifa dinámica que disparó los precios de 148 libras esterlinas (aproximadamente 185 USD/ 3,774 MXN) a casi 355 libras esterlinas (aproximadamente 437 USD/ 8,925 MXN).
Seguramente, algunos de ustedes ya estarán familiarizados con la tarifa dinámica porque es el mismo recurso abusivo que utilizan aplicaciones como Uber. Para quienes no estén al tanto, la tarifa dinámica es un sistema basado en la demanda que tiene un evento y fue introducido por Ticketmaster en el 2022 para, supuestamente, combatir el problema de los revendedores y que los artistas recibieran más dinero.
Para la venta de Oasis, los precios de las entradas subían y bajaban en función de un algoritmo que evaluaba la demanda, haciendo que el precio subiera hasta 200 libras más de su costo original. La oleada de quejas, enojo y frustración estaba completamente justificada y ocasionó que la Autoridad de Competencia y Mercados del Reino Unido (CMA, por sus siglas en inglés) iniciara una investigación formal contra Ticketmaster.
La Autoridad de Normas Publicitarias (ASA, por sus siglas en inglés) también recibió 450 quejas sobre los anuncios de Ticketmaster para los conciertos de Oasis. Un funcionario de la institución declaró que los denunciantes argumentaron haber recibido afirmaciones engañosas sobre la disponibilidad y los precios de los tickets.
La tarifa dinámica no es ilegal, aunque debería, pero la CMA concentró su investigación en determinar si los compradores recibieron información clara y oportuna sobre los precios dinámicos, cosa que no sucedió porque, como vimos en redes sociales, las personas se quejaban de que no sabían que los boletos aumentarían de la forma en la que lo hicieron.
La venta de boletos para Oasis también levantó las alertas en la Comisión Europea para revisar y estudiar el caso de los precios dinámicos para las entradas de espectáculos en vivo. Esta iniciativa la evaluaron parlamentarios de Bruselas y, en entrevista para el medio británico The Guardian, la eurodiputada, Lara Wolters, declaró que quería nuevas leyes para proteger a los consumidores europeos contra la inflación de los precios de las entradas.
Tras el fiasco, cuando Oasis abrió fechas para Norteamérica, el proceso de compra implicaba un prerregistro para poder participar en un sorteo y obtener un código para acceder a la venta. Ante las quejas y el revuelo que causó todo el asunto, Oasis respondió que habían hablado con la empresa para llegar a acuerdos y evitar contratiempos, pero no fue suficiente y agregaron que “es necesario aclarar que Oasis deja las decisiones sobre la venta de entradas en manos de sus promotores y representantes”.
En este caso, el enojo de los fans instó a las autoridades competentes a que iniciaran, al menos, investigaciones contra Ticketmaster.
“Pregunté varias veces si podían con este tipo de demanda y me aseguraron que podían”
Un año antes de la venta de boletos de Oasis, Ticketmaster ya había hecho enojar a otros fans. Parece increíble, pero LiveNation y Ticketmaster tienen tanto poder que con la mano en la cintura pueden hacer rabiar a uno de los fandoms más intensos y grandes del mundo: los swifties.
Todo comenzó el 17 de marzo del 2023, cuando salieron a la venta los boletos del Eras Tour, la gira más grande y ambiciosa de Taylor Swift. Las historias se cuentan de a montón sobre la travesía de dimensiones bíblicas para conseguir entradas para ver a la cantante. En las redes se podían leer los testimonios de swifties relatando el martirio que fue esa venta de boletos.
Desde fans que esperaron más de ocho horas en la fila sin conseguir entradas. Así como gente que afirmaba que Ticketmaster había liberado muchos más códigos (exclusivos para fans) sabiendo que no iban a satisfacer la demanda. El sistema también colapsó de tal forma que Ticketmaster tuvo que cancelar la venta pública porque los boletos se habían agotado antes de la venta a público general. Esto tampoco frenó la reventa, y aparentemente, unas horas después de haberse liberado los boletos, ya había ofertas para venderlos en hasta 22 mil dólares en sitios como StubHub.
Algunos fans de Taylor Swift se organizaron y se dirigieron a una corte en Los Ángeles con una demanda que exigía que Ticketmaster les diera, al menos, 2,500 dólares a cada uno por daños y perjuicios. La demanda fue desechada, pero obligó a que se tomaran otras acciones que evidenciaron los abusos de la compañía.

La venta de boletos para Taylor Swift hizo que LiveNation acudiera a una audiencia del comité judicial del Senado, donde, por supuesto, se deslindaron de responsabilidades. Circulan varios videos de esa audiencia, donde representantes de LiveNation usan frases de canciones de Taylor Swift para responder a las interrogantes de los senadores y senadoras.
En la demanda de fans hacia Ticketmaster, se afirmaba que Taylor Swift “no tiene otra opción” más que la de trabajar con la boletera debido al tamaño de su base de seguidores, recordemos que LiveNation-Ticketmaster es dueña y/o controla una gran cantidad de recintos en Estados Unidos y en otros países.
Ticketmaster se disculpó con la artista y con los fans por el pobre desempeño de su plataforma y la horrible experiencia que representó para los seguidores de la cantante. En respuesta, Taylor Swift subió una historia a Instagram donde decía: “Varias veces se les preguntó (a Ticketmaster) si podían manejar este tipo de demanda y nos aseguraron que podían”.
En el estado de Minnesota se promulgó la “Ley Taylor Swift” que obliga a Ticketmaster y otros organizadores de eventos a prohibir que revendedores clonen boletos e informar a los consumidores sobre los recargos totales por las entradas que adquieren.
Una vez más, son los fans quienes se organizaron y denunciaron los abusos.
“Estoy tan enojado como ustedes por las tarifas de Ticketmaster”
El mismo año del desastre de los boletos para Taylor Swift, otro artista expresó su reclamo contra Ticketmaster. La banda británica The Cure anunció una gira por Estados Unidos que iniciaría en mayo y junio para presentar su nuevo álbum tras 16 años de no haber lanzado música nueva.
La banda deseaba que sus fans pudieran adquirir boletos para sus shows a un precio asequible, por lo que negoció con Ticketmaster varias acciones para asegurarse de ello. La primera, era que las tarifas de sus boletos serían razonables, los tickets más baratos costarían 20 dólares (525 MXN); la segunda, los boletos serían intransferibles para evitar la reventa y la tercera era que no habría boleto platino para evitar el aumento de precios y, además, sólo se podría acceder a la venta a través de un registro de Fan Verificado.
Con todo y estas medidas, Ticketmaster hizo de las suyas. Como la empresa no pudo implementar sus tramposas estrategias para vender entradas, aumentó al precio de los boletos tarifas adicionales por servicio o procesamiento. De esta forma, si un boleto costaba 40 dólares (840 MXN), se le añadía 46.60 dólares, por cargo por servicio y 5.50 dólares por “orden de procesamiento”, lo que resultaba en que el costo total de un boleto de 40 dólares fuera de 92 dólares (1,932 MXN), es decir, aumentó un 130%.
Los fans se enojaron, claramente, y comenzaron a quejarse a través de redes sociales, escribiéndole a la banda sobre la situación. Robert Smith, el vocalista de la banda, escribió en redes sociales: “Estoy tan asqueado como ustedes por las tarifas de Ticketmaster […] Para ser claro, el artista no tiene poder para controlar esto”.
Sin embargo, la banda y Ticketmaster hablaron y llegaron al acuerdo de que las personas que habían comprado los boletos más económicos recibirían una compensación de 10 dólares y el resto de 5 dólares. De acuerdo con la congresista estadounidense, Amy Klobuchar, las comisiones y tarifas de la venta de boletos representan el 27% del costo de la entrada e, incluso, pueden llegar a representar el 75% del costo total.

Robert Smith aclaró que ellos no tenían el control sobre el precio de las entradas o las tarifas; sin embargo, su determinación e indignación pública logró el reembolso a los fans por los costos absurdos de un mal servicio de venta de boletos.
“Si Pearl Jam no pudo hacerlo, ¿quién puede?”
El caso más sonado contra Ticketmaster fue el que emprendió la banda de Seattle, Pearl Jam. Para mí, es el caso más emblemático, porque si los artistas son, para la industria de la música, los peones u oficinistas, este fue el ejemplo de lo que sucede cuando el peón se le rebela al jefe.
Era la década de los noventa, la piratería era un problema para las grandes compañías discográficas. Aquí hay que hacer una aclaración que, seguramente, todo el mundo sabe: los músicos ganan poco o nada por la grabación de sus discos, como ahora ganan poco o nada por los streamings de sus canciones o discos en plataformas digitales. Las reproducciones de su música en Spotify les hacen ganar popularidad y viralidad, mas no dinero contante y sonante.
En 1994, Pearl Jam quería hacer una gira por Estados Unidos, en un año donde sus popularidad había crecido gracias a su disco Vs. La banda, igual que The Cure, no quería precios elevados para los boletos de sus conciertos, deseaban que costaran máximo 18.50 dólares (lo que hoy aproximadamente serían 388 MXN y, en su momento representaban, 61 MXN al tipo de cambio de mayo de 1994) y con un costo de servicio de no más de 1.80 dólares. Ticketmaster dijo que no, que necesitaban, al menos, 2 dólares en tarifas para cubrir los costos de producción.
Esto llevó a la banda a demandar a la compañía, en mayo de 1994, ante el Departamento de Justicia —sí, el mismo que el año pasado demandó a Ticketmaster y LiveNation por prácticas monopólicas— argumentando que crearon un monopolio al absorber a Ticketron, su principal competidor en 1991.
La justicia no estuvo de su lado, la investigación federal se desechó y Pearl Jam tuvo que cancelar su gira por el juicio. No sólo eso, también tuvieron que vender los boletos de sus giras posteriores a través de Ticketmaster. Durante el juicio, el guitarrista de la banda, Stone Gossard, declaró: “Nuestra banda está decidida a mantener los precios bajos de las entradas, siempre estará en conflicto con Ticketmaster”.

Se dice que año después de la disputa, durante una fiesta posterior a la ceremonia del Salón de la Fama del Rock & Roll, sentaron en mesas contiguas a la banda con la de ejecutivos de Ticketmaster, a lo que el vocalista de Pearl Jam, Eddie Vedder, dijo: “Predigo una pelea al final de la noche, recomendaría que la gente con clase se vaya o se una, ¡tal vez deberíamos unirnos, mientras los tenemos aquí!”.
“Tal vez deberíamos unirnos, mientras los tenemos aquí” es lo que falta en la industria del entretenimiento. De acuerdo con el fiscal general adjunto para dirigir la división antimonopolio del Departamento de Justicia, Jonathan Kanter, en una entrevista para un artículo largo, pero muy interesante sobre Ticketmaster para Rolling Stone, dijo que ha sido un reto conseguir que artistas, propietarios de recintos y promotores se manifiesten sobre estas cuestiones. El silencio también es cómplice de este sistema y los artistas están amordazados.
A pesar de la mordaza, algunos artistas se han posicionado al respecto y expresado su descontento con los hilarantes precios para ir a un concierto. En 1993, durante una entrevista Kurt Cobain se enteró cuánto costaban las entradas para ver a Madonna, quien, por cierto, fue una de las primeras artistas promovidas por LiveNation, y creo que todos podemos reflejarnos en su reacción.
Probablemente, la entrada del segundo mandato de Donald Trump detenga los pocos avances que hay respecto a la discusión o investigaciones del monopolio de LiveNation y Ticketmaster en Estados Unidos. Sabemos que no es algo que le interese y que sus mejores amigos y financiadores son los billonarios.
Corona Capital, el festival de los abusos
El primer Corona Capital (CC) se hizo en octubre de 2010, yo fui a esa primera edición del festival, cuando era sólo un día, y sus headliners fueron los Pixies e Interpol. Recuerdo cuando era una actividad ir a comprar boletos de conciertos. Me quedaba de ver con alguna amiga en la estación del metro Velódromo y caminábamos al Palacio de los Deportes para comprar en la taquilla, porque así no cobraban cargo por servicio y éramos unas estudiantes sin dinero. Después, nos íbamos a comer o caminar por ahí. Así compré muchas entradas a conciertos.
El boleto para la primera edición del Corona Capital me costó 550 pesos mexicanos (26.93 USD). El costo para un boleto individual en fase 4 para el Corona Capital 2024 fue de 3,939 pesos mexicanos (92.86 USD), mientras que el abono general tenía un costo de 6,452 pesos mexicanos (315.90 USD). Esto quiere decir que, desde el primer CC hasta el último, el costo de un solo boleto aumentó 616%.
El Corona Capital introdujo otra práctica abusiva y, en mi opinión, clasista: las fases de compra. En este punto, las fases de compra y las tarifas dinámicas operan en el mismo sentido, que es elevar los costos de los boletos. Este sistema de venta de fases es muy parecido a las tarifas dinámicas; los precios de las entradas aumentan conforme se acerca el evento. Si tienes solvencia económica, consigues a alguien que tenga la tarjeta con la que se venden las entradas y eres rápida o rápido, quizá puedas adquirir los tickets en fase uno, aunque en las últimas ediciones esa fase es más un mito que una realidad.
Nunca se sabe, no es transparente el número de boletos que se tienen que vender para pasar de una fase a otra, otra vez aplican el argumento de oferta y demanda. Si te descuidas, puede que ya no estés a tiempo de comprar en las primeras fases y en abono, porque los tickets individuales salen mucho más caros.
La parte clasista de las fases de compra viene con el tipo de abono disponible, hay abonos Comfort Pass, Citibanamex Plus y Abono Club —este último tuvo un costo de 37,535 pesos mexicanos (1,809.19 USD)— estos abonos incluyen cosas como tener baños limpios y dignos, porque aquí hasta hacer del baño se cobra más caro. También, ofertan otras cosas que tienen que ver con la dignidad como amenities, lo que en última instancia y si lo piensas bien es totalmente ridículo.
Los abonos más caros tienen acceso preferencial a los escenarios. No se trata de un espacio reservado afuera de las vallas de contención o en el escenario o en gradas. Se tratan de lugares “exclusivos” al frente del escenario donde también ven el espectáculo de pie como el resto de los asistentes. Así es como el capitalismo y el clasismo operan en su máxima expresión. Si tienes dinero, puedes tener un lugar preferencial para ver al artista separado por una valla de toda la prole que no tiene capacidad financiera para hacerlo.

El CC también fue un hervidero para otro problema en los espectáculos en vivo: los revendedores. Para la gran mayoría de la gente, es casi un hecho que los revendedores son personas que trabajan o tienen relación con Ticketmaster. Todo el mundo queda atónito por la capacidad de los revendedores de tener tantos boletos en su poder cuando hay límite de compra por persona o que, incluso, estés formada en una fila con pocas personas y en cuestión de minutos un evento se agote. Todo esto ha levantado las sospechas entre los fans.
En 2022, un año después de que las restricciones por COVID empezarán a levantarse, los boletos de la edición del Corona Capital para ese año empezaron a venderse. Acostumbrados a la situación, la venta se hizo sin contratiempos o escándalos hasta que una influencer, Miroslava Valdovinos o Cigarros de Miel, por su username en redes sociales, subió una foto diciendo que había vendido 108 boletos que iban desde los 3,690 a los 9,800 pesos mexicanos (178.93 a 475.21 USD).
La gente enardeció y se hizo un escándalo en redes sociales. La chica tuvo que cerrar sus cuentas por el acoso y las amenazas que recibía. El enojo era comprensible y colectivo porque, después de Ticketmaster, el segundo enemigo de los fanáticos son los revendedores. La influencer dijo que no eran boletos de reventa, si no que el propio festival se los había dado y ella no había fijado los precios, sólo recibía una comisión por la venta.
Ticketmaster y el festival no tardaron en deslindarse de la influencer. La boletera dijo que no facilitaba, ni apoyaba la reventa, y el Corona Capital dijo que no daban boletos a gente externa al festival. De hecho, la empresa acabó demandando penalmente a Miroslava Valdovinos. No se sabe mucho sobre en qué etapa está ese proceso, al menos, no es público en una rápida búsqueda por internet.
Por supuesto, no condono, ni justifico la acción de esta persona. Actuó de forma tonta, cínica y soberbia al subir su historia, presumiendo que estaba “más que jubilada”. Creo que el odio que recibió era el resultado de años y años de injusticias de Ticketmaster y su colusión con la mafia de la reventa. La gente necesitaba a alguien en quien personificar toda esa ira y frustración que tenían. Aunque entiendo esa parte, porque también me enoja y me indigna, la magnitud del acoso que recibió no debería de ser para una persona que fue irresponsable, e insisto, muy tonta, sino que debería personalizarse en los responsables reales de todos estos abusos.
Para ello, me di a la tarea de escarbar un poquito sobre quiénes manejan LiveNation, Ticketmaster México y OCESA, si quieren reclamarle a alguien, que sea a quienes realmente tienen injerencia y responsabilidad absoluta en esto.
Detrás del negocio: los verdaderos responsables
El CEO de LiveNation es un sujeto americano-canadiense, llamado Michael Rapino. Cuando Ticketmaster se enfrentó a la crítica de Robert Smith por los altos costos de los boletos, le preguntaron a Rapino si opinaba que era posible ver a The Cure en un estadio por 20 dólares. Sus respuestas dan mucho coraje, sí, pero, sobre todo, dejan claro que para empresas como LiveNation-Ticketmaster lo único que les importa es ver la forma de desangrar a los fanáticos.
Michael Rapino dijo que 20 dólares no eran suficiente, argumentó que muchos fans están dispuestos a pagar por altos precios para boletos porque es un momento especial en su vida, “Es un momento mágico para ellos y sucede quizá dos veces al año, es mucho más barato que Disneyland, el Super Bowl, la NBA o una noche de fiesta”, manifestó en un podcast.
No se detuvo ahí, para Rapino el costo de un boleto es un artículo tan exclusivo y tan «especial» como comprar un bolso de diseñador: “Este es un gran, gran producto que la gente va a comprar, como van a comprar un bolso de Gucci. Hay momentos en la vida en los que van a dar un paso más adelante y mimarse, como comprar un televisor de pantalla grande o lo que sea”. Un bolso Gucci cuesta desde 26,800 pesos mexicanos (1,313 USD) hasta 68,600 pesos mexicanos (3,360 USD). Esto quiere decir que aún no hemos visto el boleto más caro vendido por Ticketmaster.

En México, al frente de Ticketmaster está Ana María Arroyo Salhuana, a quien en 2023, la revista Bloomberg incluyó en su lista de las 500 personas más influyentes de Latinoamérica. Arroyo Salhuana sustituyó a Lorenza Baz que estuvo al frente de Ticketmaster México por 30 años. Baz salió tras el escándalo por los boletos falsos en el concierto de Bad Bunny en el Estado Azteca en diciembre de 2022. De acuerdo con los medios, se estima que alrededor de 2 mil a 3 mil personas se quedaron afuera del concierto, entre ellas las que tenían boletos auténticos y que habían pagado más de 8 mil pesos mexicanos, mismos que, reportó la prensa, en reventa llegaron a costar hasta 500 mil pesos mexicanos (24,065 USD).
En ese incidente, Ticketmaster se justificó, diciendo que los inconvenientes en los accesos fueron consecuencia de un número sin precedentes de boletos falsos, que provocó que tanta gente se quedara afuera. En fin, pura negligencia y falta de capacidad para reaccionar de una empresa a la que ingresa tanto dinero anualmente.
Sin embargo, Ticketmaster no era el dueño y señor feudal de todo lo relacionado con los eventos en vivos en México. Antes de que tuviera todo el poder Ticketmaster, el negocio del entretenimiento era controlado por OCESA, una empresa fundada en 1990 por Alejandro Soberón Kuri, esposo de la cantante y actriz mexicana Sasha Sokol y fundador, presidente ejecutivo y CEO de Corporación Interamericana de Entretenimiento (CIE), empresa detrás de la operación de OCESA.
OCESA inició sus operaciones cuando trajo a la banda INXS al Palacio de los Deportes el 12 de enero de 1991. Grupo Televisa tuvo una importante participación en la empresa hasta que en 2021, LiveNation adquirió el 51% de OCESA y CIE se quedaron con el 49%, en una transacción que se valuó en 8 mil millones de pesos mexicanos.
OCESA es el encargado de organizar el Corona Capital y el Vive Latino y es la tercera compañía de eventos en vivo más grande del mundo. De acuerdo con Soberón, en una entrevista con Billboard: “México no es el tercer país más grande del mundo, pero tiene la tercera promotora de eventos más grande del mundo”.

Aparentemente, los orígenes de Alejandro Soberón no fueron humildes, aunque así lo relató en una conferencia que dio a estudiantes de la Ibero, diciendo que él sólo tuvo 200 pesos para costear su formación profesional. La historia es que su padre, un exacadémico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quería que estudiara Administración de Empresas en la UNAM, pero Soberón se negó porque quería estudiar la licenciatura en la Ibero —una de las escuelas privadas más caras del país— así que le dio 200 para costear sus estudios.
Quizá, si este señor hubiera ido en la UNAM, hubiera aprendido un poco de consciencia de clase, pero nada nos lo asegura. Prejuicios aparte, puede ser que la formación empresarial en una escuela privada le haya dado las herramientas e ideas para erigir un monopolio como OCESA. Alguien que funda una compañía con tanto poder no empieza desde cero y menos con doscientos pesos.
Este mismo señor, tras las cancelaciones de eventos en vivo por la pandemia, vio otra oportunidad de negocio auspiciada por las autoridades mexicanas. Junto con socios como Carlos Slim crearon un centro hospitalario con 900 camas en 17 días para atender la crisis sanitaria. OCESA ahora cuenta con un nuevo negocio llamado CREAMEDIC que lo que hace es montar hospitales en 90 días; el negocio sigue creciendo, los abusos, seguramente, también.
Investigaciones insuficientes y regulaciones ausentes
De nuevo, las investigaciones y demandas son insuficientes porque hay pocas o ninguna regulación o leyes antimonopolio que hagan que empresas como LiveNation y Ticketmaster rindan cuentas por los abusos o sean sancionadas de tal forma que las obliguen a no cometer faltas. Poco a poco, sobre todo en la Unión Europea, se van haciendo leyes que impidan que las empresas cometan prácticas ilegales, pero someterlas a jurisdicción es algo más complejo.
Si hubiera leyes de debida diligencia para las empresas que cotizan en bolsa, como Ticketmaster, habría sanciones reales y efectos en sus finanzas que, en últimas es lo único que le duele a esta gente, pero en Estados Unidos lo único que veremos es un retroceso de esfuerzos que vayan encaminados a detener prácticas monopólicas.
Algunos analistas opinan que la disolución de Ticketmaster y LiveNation probablemente no sea la solución a todos los problemas. De acuerdo con ellos, aunque eso haría que creciera la competencia, mejorara el servicio y la experiencia de compra y, bajen un poco los precios, Ticketmaster no es el único culpable, también la falta de regulación y sanciones al mercado secundario, que son los revendedores y también todos los costes y tarifas adicionales que se relacionan con la producción de los eventos en vivo.
De acuerdo con Josh Withrow, un analista que escribió al respecto: “Mientras más fans haya y un número finito de asientos en los eventos, los precios seguirán siendo altos”.

Fans: la gasolina del negocio
Si Michael Rapino, CEO de LiveNation, puede asegurar que hay personas dispuestas a pagar por un boleto caro, es porque es verdad. Es lo más perverso del asunto, los fans pagarán la tarifa que se les imponga, la más alta para ver a su artista favorito y eso es lo que aprovechan estos empresarios.
Hay personas que no se explican por qué los fans pagarían más de 30 mil pesos mexicanos por un boleto, cuando el salario mínimo en México es de 419.88 pesos (aproximadamente 20.24 USD). Una persona que gana el salario mínimo tendría que pagar 71.45 veces más de su salario para poder costear un boleto para un show en vivo cuyo costo fuera de 30 mil pesos.
Es una locura, pero para los fans lo que está en juego no es el dinero. Los fans no piensan en la industria, sino en el sueño que representa ver a su artista en vivo, escuchar y corear las canciones que le han acompañado en una vida y una realidad que cada vez es más difícil de sostener y de vivir.
En algo le doy la razón al Rapino, los conciertos son una noche especial, una en un millón. Es el momento donde la insoportable idea de enfrentar los problemas, las frustraciones, las angustias desaparece. Yo siempre digo que los conciertos son los momentos donde más viví el presente, el ahora. En ese sentido, como fan, una piensa que no habría un valor monetario que alcanzara para pagar ese sentimiento.
Hace unos meses leí que los jóvenes (y, ciertamente, no tan jóvenes) están dispuestos a pagar cantidades absurdas por boletos de conciertos, incluso si eso sacrifica su estabilidad financiera, porque no ven futuro cercano con tantas crisis climática, económica y social. El pensamiento es: “Si de todos modos me voy a morir mañana, mejor que muera feliz”.
Creo que este pensamiento le ha servido mucho al capitalismo y al consumismo, porque entonces queremos devorarlo todo, total, mañana se acaba el mundo. La cosa es que no se acaba mañana y que, lamentablemente, la extinción del planeta y de sus recursos naturales no va a ser inmediata, sino gradual y vamos a seguir sufriendo las consecuencias.
Es bastante repugnante ver cómo han abusado de los fans, sabiendo perfectamente el valor emocional que hay de por medio. De esta forma, estas empresas tienen un poder más grande que el económico, el poder de tener la certeza de qué tan importante es para un fan ver su artista favorito. Por lo que mi propuesta para los fans es la siguiente: reconocer y entender que esto es una industria y un negocio.
Odio ponernos en términos de un número porque no lo somos, pero esto es lo que el capitalismo nos ha hecho. Para la gente que sigue sin entender por qué hay personas “locas” comprando boletos carísimos, sólo piensen que siempre hay alguien que tiene un gusto o vicio que para otros es irracional y que, también para esa gente que minimiza el sentir de los fans hacia sus grupos o artistas, entienda que lo que implica un espectáculo en vivo no es para nada menor.
Cuando vino Taylor Swift a la Ciudad de México, la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo proyectó que la derrama económica por el evento dejaría alrededor de 1,012 millones de pesos. La derrama económica se refiere a todo lo que ingresa en una ciudad o país derivado de un evento como ese: hospedajes, consumo en restaurantes y locales, transporte, etc.
También, de acuerdo con una nota de Infobae, en 2023 la industria de los espectáculos dejó utilidades por 326.7 millones de dólares y se estimaba que creciera 17.4% más para 2028. Los conciertos enriquecen a los que ya son ricos y encarecen la vida de los asistentes que hacen de todo para ir a concierto, desde ahorrar por años hasta endeudarse con las tarjetas de crédito. Declaró Jonathan Kanter, fiscal general del Departamento de Justicia: “La gente ama la música y un monopolio les está obstaculizando el acceso a ella y encareciendo su vida”.

Ahora les voy a contar la terrible experiencia para muchas ARMYs —nombre del fandom de BTS— al intentar comprar boletos para J-Hope y que fue el catalizador de mi búsqueda y este extenso escrito.
Para poder acceder a la fila virtual de este concierto, como el de cualquiera de los integrantes de BTS, debes comprar una membresía con un costo de aproximadamente 430 pesos mexicanos. HYBE, la poderosa empresa dueña de la agencia que maneja a BTS, decidió establecer dos clases de membresías: una para Estados Unidos, únicamente, y otra para la base de fans global, ¿alguien ve alguna preferencia aquí?
J-Hope abrió fechas sólo para Corea del Sur y Norteamérica (sí, México es parte de Norteamérica). La base de fans de Estados Unidos era la única que podía comprar boleto para ver al artista en cualquiera de las ciudades en dicho país, lo que volcaría que fans de toda Latinoamérica o de otros lugares del mundo intentara conseguir un boleto para alguno de los dos conciertos en México, en un recinto que tiene capacidad para sólo 20 mil personas.
Nunca se revelaron los precios de los boletos, ¿para qué?, si los fans están dispuestos a pagar lo que sea. Hay cuentas en X o en Facebook que se encargaron de poner una aproximación de tarifas que iban desde los 1,950 a los 6,710 pesos mexicanos con todo y cargos. Al inicio, se creía que al registrar tu membresía de fan en la plataforma para idols coreanos, WeVerse, ibas a entrar a un sorteo para poder acceder a la venta. Al final, todo el mundo logró entrar a la preventa de fans.
Dicen que se unieron alrededor de 60 mil personas a la plataforma de venta. Cuando esperabas en la fila virtual, había un mensaje de Ticketmaster que decía que los precios rondarían de los 1,500 a los 7 mil pesos (72.24 a 339.44 USD). Sólo una vez que estabas dentro, al hacer la compra, te dabas cuenta de que un boleto para la sección A (la más cercana al escenario) con, forzosamente, un paquete VIP costaba casi 20 mil pesos (970 USD).
Cuando querías elegir los boletos en la sección B, que se encuentra en el primer nivel de gradas, estabas forzada a comprar un paquete VIP que terminaba costando más de 13 mil pesos (630.39 USD), cuando el boleto regular tendría que haber costado 6,710 (325.38 USD) pesos mexicanos.
Seleccionar los asientos era un verdadero dolor de cabeza; al hacerlo, te aparecía un mensaje de que “ya habían sido asignados”, entonces no te explicabas por qué se marcaban disponibles si, en realidad, no lo estaban. El acabose fue cuando aplicaron la famosa tarifa dinámica y el boleto más caro estaba arriba de 30 mil pesos (1,454.74 USD), mientras que los boletos más baratos llegaron a costar casi 4 mil pesos mexicanos (193.97 USD).

Como era de esperarse, muchas fans quedaron tristes y decepcionadas, pidiendo que el artista abriera más fechas y contaron estas experiencias en redes sociales. En TikTok, una usuaria expresaba su molestia y preocupación por las tarifas dinámicas y exponía: “Si esto es lo que cuesta un boleto para uno de los miembros, no me imaginó cuánto va a costar una entrada de un concierto de los siete”.
Una fan le contestó molesta que, tal vez, debería de cambiar de grupo favorito o de artista favorito porque se refiere a J-Hope como “uno de los miembros” y yo quedé anonadada por el poco criterio y la falta de sentido común de las personas. Podemos amar la música, podemos amar al artista, pero es urgente entender que, de nuevo, este es un negocio que está lucrando con nuestros sentimientos y está mercantilizando con nuestra admiración por una persona. Al sistema le conviene que los fans peleen entre ellas y ellos, así, la gente se olvida que el verdadero enemigo son las empresas, los empresarios y las autoridades permisivas y laxas.
Asistir o no a un concierto ya no es un tema azaroso, como nos hacen creer. Establecer esos precios de compra y las marometas que hay que hacer para conseguir entradas parece más una estrategia de exclusión: las personas que no “quieran” —más bien no puedan o estén dispuestas— a pagarlo, entonces no merecen tener esa experiencia, ¿por qué escuchar música en vivo tendría que ser un lujo como comprar una bolsa Gucci? Honestamente, al paso que vamos, les falta poco para cobrarnos por ser felices… Esperen, eso es precisamente lo que hacen.
Cuando el CEO de LiveNation dijo que los conciertos “son un producto” que vale la pena pagar y que además es mucho más barato que ir a Disneyland, le quiero decir que el costo por el boleto más caro para ver a J-Hope en México fue mucho más caro que un vuelo redondo a Londres, mucho más caro que la estancia por diez días en Londres y fue mucho más caro que mi renta mensual.
No podemos sólo vivir con el lema “YOLO” (You Only Live Once) porque no es real. Al día siguiente del concierto seguimos vivas, las cuentas se tienen que pagar, esto es, desafortunadamente la vida adulta y me aterra pensar que los conciertos se conviertan en el distractor o adormecimiento del enojo y coraje que NE-CE-SI-TA-MOS para hacerle frente a un mundo donde personas como Michael Rapino hacen lo que se les plazca, como lo hace un Elon Musk, un Mark Zuckerber o un Jeff Bezos. No dejemos que mercantilicen nuestra felicidad, porque nuestra felicidad tiene mucho más valor que el que ellos fijan.
Recuperar nuestro poder como consumidores
Bueno, ya vimos que el que se desintegre como monopolio Ticketmaster y LiveNation puede no ser suficiente para acabar con sus innumerables abusos. También, establecimos que las investigaciones de instituciones en Estados Unidos o Europa son, todavía, pocas, ¿entonces qué podemos hacer? Me parece que lo más fundamental es reconocer el problema y al enemigo en común. Dijo Kevin Erickson, director de la organización de incidencia The Future of Music Coalition: “La música tiene una infraestructura comercial para poder operar, pero es mucho más profundo que eso. Tiene un enorme significado personal para muchos fans de la música”.
Estoy de acuerdo con lo que dice Erickson, pero para ir contrarrestando el poder de Ticketmaster y LiveNation, de nuestro lado debemos entender lo contrario que, aunque para nosotras y nosotros, la música tiene un enorme significado personal, está inmersa en una infraestructura comercial que no está regulada y que difícilmente se sanciona cuando encaja sus dientes sobre nosotras y nosotros.
Así que, además de amantes de la música en vivo, también somos consumidores y tenemos el poder de decidir cómo y cuánto consumir. Las reglas las debemos poner nosotros y nosotras, no al revés. En México, el organismo encargado de vigilar las prácticas monopólicas es la Comisión Federal de Competencia (Cofece), pero ha hecho muy poco por investigar a Ticketmaster, a penas una incipiente investigación el año pasado.
No obstante, la única institución que funciona y en la que creen las y los mexicanos, la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), presentó una demanda de acción colectiva en 2022. En esta demanda, que representaba a cerca de 521 consumidores, Profeco logró que Ticketmaster resarciera a los demandantes con más de 3.4 millones de pesos (164,450 USD) en conjunto. La demanda fue realizada debido a la cancelación unilateral de los eventos, durante el periodo 1 de enero de 2020 al 31 de diciembre de 2023, sin haber ofrecido reembolso.

Un Juez Noveno de Distrito en materia civil de la Ciudad de México admitió la acción colectiva que inició con 432 consumidores contra Ticketmaster y OCESA, a quienes la propia Procuraduría señaló que concentran el 64.% de los servicios de entretenimiento a nivel nacional.
De hecho, si fuiste una de las personas afectadas y te cancelaron un evento en las fechas antes mencionadas y no has obtenido tu reembolso, puedes solicitar incorpórate a la acción colectiva para recibir el beneficio del convenio que lograron con la boletera. Tienes hasta el 24 de octubre de este año para hacerlo, encuentras la información en este enlace: acolectivas.profeco.gob.mx/index.php.
Comprar o no comprar, esa es la cuestión
Pero entonces, además de la denuncia pública y en instancias correspondientes, otra forma de protesta es simplemente dejar de ir a concierto… ¿Simplemente? La verdad es que las constantes prácticas encajosas de la empresa han hecho que las personas se radicalicen por el hartazgo y, aunque esta forma de boicot es válida, tampoco estoy segura de que logre demasiado.
Parte de mi familia decidió dejar de ir a conciertos, por lo que representa pagar para seguir sosteniendo a una industria que se hace cada vez más y más rica. No pienso, objetivamente, que los eventos en vivo sean algo de primera necesidad, ni que sean indispensables en la vida de las personas, pero parte del desarrollo integral de una persona también debería ser tener espacios de esparcimiento, cultura y diversión, eso que se nos ha inculcado hasta el cansancio que es un privilegio, pero que no debería de serlo.
Cuando dejé de ir a conciertos por falta de dinero y, posteriormente, por el confinamiento, me di cuenta de que eran una parte importante en mi vida porque, insisto, vivir en este mundo es muy difícil y esos son momentos donde las personas genuinamente pueden ser felices y sentirse bien. Poco a poco, y conforme he ido envejeciendo, me doy cuenta de que hay otros aspectos en mi vida que también son importantes para mí y no es que haya dejado de ver a los conciertos como algo significativo en mi vida, pero ahora ya no lo son todo.
La decisión de boicotear a Ticketmaster no consumiendo, no yendo a sus eventos es una decisión personal. Como dicen en el internet, escuchamos, pero no juzgamos. Pese a ello, me parece que aunque no hay una solución y las que hay son complejas, sí pienso que es muy importante alzar la voz, señalar lo que está mal.
Zach Bryan, es un cantautor estadounidense que se negó a vender boletos en recintos operados por Ticketmaster. Para su mala fortuna, al ver que controla casi todos los venues tuvo que volver con ellos, pero no sin decir lo siguiente: “Para todos mis amigos, sigo odiando a Ticketmaster, pero es duro darte cuenta de que una sola persona no puede cambiar todo el sistema… Continuaré sintiéndome horrible acerca de los precios de los boletos y el injusto mercado”.

Es cierto lo que dijo Bryan, una sola persona no puede cambiar el sistema, pero muchas sí.
Las acciones colectivas como las de Profeco contra Ticketmaster, que vienen de demandas ciudadanas, demuestran que no sólo es necesario quejarse en las redes sociales, sino la organización y acción en grupo. Pedir a nuestras instituciones que tomen cartas en el asunto, que detengas las irregularidades e injusticias de estas empresas. El boicot es una forma, la denuncia pública otra, pero, tal vez, todas ellas y más presión a las autoridades deberían lograr más, hay tanto que aprenderle a la organización comunitaria.
Por cierto, soy fanática de BTS, J-Hope es mi bias wrecker —como le dicen a tu segundo miembro favorito de cualquier grupo de Kpop— y alcancé boleto para verlo en el Palacio de los Deportes. De ninguna manera pagué un boleto de 30 mil pesos, no porque no lo valga, sino porque mi estabilidad financiera, mi salud, mi certidumbre y tranquilidad cotidiana también lo valen. Aun así, estoy aquí escribiendo esto porque me parece sumamente injusto, rapaz y despiadado lo que hace Ticketmaster, lo que hace su empresa y lo que hace la industria del entretenimiento.
No se cieguen por el fanatismo, el Kpop es una industria y, de acuerdo con la Fundación Coreana para el Intercambio Cultural Internacional, es una industria que aportó 9,500 millones de dólares a la economía surcoreana en 2018. En 2023, cuando BlackPink realizó su gira, se convirtió en el acto de Kpop más taquillero en América del Norte. Si el Kpop fuera sólo música, no girarían en torno a él, miles de productos y mercancías asociados a los artistas que hace todavía más redituable el negocio. Si el Kpop sigue así, se van a convertir, tarde o temprano, en el género más odiado por los fans por auspiciar tantos abusos.
Quisiera que la música fuera sólo lo que sentimos a nivel profundo y personal, en gran parte lo es. Les aseguro que ningún CEO de Ticketmaster o LiveNation podría sentir lo que nosotros los fanáticos sentimos cuando se apagan las luces de los conciertos, pero para el sistema económico en el que vivimos, la música es un negocio que, si nos descuidamos, seguiremos alimentando con nuestros recursos, nuestra salud y nuestra vida.
Nota para el/la lectora: las conversiones de dólares a pesos y viceversa se realizaron con el tipo de cambio de los días 26, 27 y 28 de enero de 2025.

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