Dudé sobre si escribir esto porque en el fandom parece ser un tema prohibido. Pero me animé a hacerlo porque la autocensura no permite el diálogo y no deja espacio para el pensamiento crítico, muy necesario en estos momentos tan convulsos que vive el mundo.
Cada vez me convenzo más de que, contrario a lo que con tanto fervor la gente suele creer, es verdad que todo es político, hasta lo que no tiene intención consciente de serlo. No somos sólo entes insertas o insertos de forma aleatoria en un sistema neutral, todo lo contrario, vivimos en una sociedad lejos de serlo.
Me considero muy ignorante en muchas cuestiones de estudio formal y académico sobre temas sociales, económicos o filosóficos, pero siempre me he creído curiosa. Debido a esa curiosidad no dejo de hacerme preguntas y eso irremediablemente se ha convertido en pensamiento crítico. Por otro lado, la cultura popular y el entretenimiento nunca me han parecido asuntos inocentes y desprovistos de un trasfondo. Mientras que la cultura y las formas de arte son temas que me atraen y me apasionan tanto que no puedo verlos sólo como un producto ahí puestos sin un fin y sin un mensaje.
Por supuesto, la literatura o la música no sólo se piensan, más que nada se sienten. Están ligadas a la introspección y a una búsqueda profunda y filosófica del ser. Ahí entre el pensamiento y el sentimiento es que deseo poner esta reflexión que para algunas personas podrá ser incómoda.
Está introducción tan larga y rimbombante para hablar del nuevo disco de BTS. Quiero omitir toda la explicación de quiénes son y el impacto cultural que han tenido hasta ahora porque creo que más o menos la gente tiene idea sobre ellos. Mi intención tampoco es hacer una crítica musical especializada, nunca ha sido mi objetivo hacer eso como una melómana a la que le gusta escribir; no tengo esos conocimientos. Por ello, reitero que esto se trata de una reflexión sociocultural con una perspectiva crítica.
Después del descanso obligatorio en sus actividades en grupo, el disco de BTS era un evento muy esperado. En esa espera hay muchas expectativas, mucha ilusión y entusiasmo por parte de los fanáticos. De manera individual, cada uno trabajó en álbumes en solitario donde tuvieron la oportunidad de explorar aquellos lados que en grupo no habían podido desarrollar, así que había una creciente curiosidad sobre cómo ese crecimiento como artistas y la pausa de una vida pública tan apabullante para una persona promedio podía resultar.
Decidieron titular el disco Arirang, muchos lo interpretamos como un mensaje muy contundente sobre sus raíces coreanas, sin conocer del todo la historia sobre la primera grabación de Arirang por siete jóvenes coreanos en Estados Unidos. El Arirang es una canción folclórica coreana, algunas fuentes señalan que tiene más de un siglo de historia y fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2012.
El disco se lanzó el 21 de marzo de este año. Lo escuché de principio a fin, como solía hacerlo cuando era adolescente. Al terminar me quedé confundida. Pude percibir un sonido que se considera evolucionado respecto a otros trabajos de la banda y para los estándares propios de la industria del K-Pop, una categoría y género que a ellos ya les queda muy chico. La mezcla es impecable y la producción se escucha refinada. Así que, de una vez haré la aclaración de que para nada me parece un disco malo musicalmente, fue otra cosa la que inició mis cuestionamientos.
Dicho lo anterior, mi principal inquietud es que al escuchar estaba entendiendo la mayor parte de las canciones y aunque quisiera jactarme de estar comprendiendo las letras porque mi nivel de aprendizaje en coreano va mejorando, la realidad era otra. Le entendí porque mi comprensión en el idioma inglés está mucho más avanzado, ya que, por lo menos, el 80% de las letras estaban en ese idioma. Mi mayor pregunta fue: ¿Por qué nombrar un disco con un elemento tan identitario de Corea como Arirang para terminar cantando en inglés?
Planteé esta cuestión en voz alta, junto con otras personas y la respuesta fue un agresivo silenciamiento y señalamiento que terminaba con comentarios como: “entonces no eres ARMY” o “eres una hater”. Además de ello, recibí, leí y escuché “argumentos” que rayaban en lo absurdo y en algo en lo que estoy negada a caer: en el pensamiento sectario donde sólo nos sentamos, nos callamos y aplaudimos sin cuestionar, ni pensar, ni reflexionar.
No es la primera vez que soy fan de un grupo. Tengo una larga e intensa trayectoria siendo una asidua y apasionada seguidora de alguien o de algo. Esa experiencia me ha llevado a la conclusión de que debemos dejar de idealizar a los artistas y pensarlos en seres humanos con condiciones extraordinarias. Las personas necesitamos creer en algo y en alguien, nos gusta dotar de cualidades casi benditas a los artistas, pero ello no nos permite ver que son capaces de tener matices, de equivocarse, de temer y hasta de sentir.
Mi intención pues es desmenuzar algunas respuestas que vi o escuché para quienes señalamos esta contradicción del álbum con el fin de enmarcar una conclusión que dije al inicio: todo es político.
El primer “argumento” que se escuchó es que BTS ya era un artista global y se trataba de una cuestión casi de “sentido común” que publicara música en inglés, ya que otros artistas lo han hecho antes. Ese pensamiento me causa urticaria, sobre todo en los tiempos que vivimos actualmente porque viene de la creencia de que lo global es inherentemente anglosajón. Este es un aprendizaje del imperialismo y que hemos interiorizado y naturalizado, pero a mí me gustaría desmontarlo.
Es cierto, el inglés es la lengua más hablada globalmente (alrededor de 1.52 mil millones de personas). De esos, apenas 400 millones lo tienen como lengua materna; el resto (más de mil millones) lo utilizan en su cotidianidad por motivos laborales o migratorios. En el top 5 de idiomas con más hablantes nativos, el inglés ocupa el tercer lugar.
Si lo global se midiera por el idioma que tiene más hablantes nativos, los artistas tendrían que cantar en mandarín o en español, que son la primera y la segunda lengua con más hablantes nativos respectivamente.
Antes de BTS, cantantes pop de otros lugares se vieron forzados a abandonar sus lenguas maternas debido al imperialismo lingüístico. Esto tiene una raíz teórica que es la glotofagia, un proceso de dominación, sustitución o desaparición de una lengua por otra. Este fenómeno no implica una prohibición explícita, pero sí una presión económica, cultural y de prestigio: lo “elevado” y lo “valorado” debe estar en inglés.
En el caso de los artistas pop más comerciales es más evidente porque están ligados a una industria dominada por países anglosajones, pero no son los únicos. Pienso en todas esas bandas que me gustan y me gustaron desde adolescente, bandas y artistas de Francia, Noruega, Dinamarca, Islandia, España que aunque blancos, fueron orillados a cantar en inglés, no tanto para ser más “globales”, sino para tener siquiera la oportunidad de ser un poco visibles, ya que la música indie era todavía más difícil de escuchar cuando el Internet no era lo que conocemos ahora.
Vi el documental donde se puede ver un poco del proceso de la creación del disco. Ahí entendí muchas cosas y me trajo otros pensamientos más hacia el lado creativo que no abordaré en este texto. En el documental hay una escena reveladora donde RM y Suga expresan su preocupación por el idioma. “Hay mucho inglés, sobre todo en la parte de rap”, dice Suga. Esa escena me confirmó cómo funciona la industria, porque frente a esa preocupación una ejecutiva de su empresa les dice: “Tienen que pensar que son un grupo global”, casi como una ecuación que no está abierta a discusión o como si se tratara de una ley natural.
Es una afirmación que la propia trayectoria de BTS desmiente. Demostraron empíricamente que se podía llegar a las listas de popularidad anglosajonas y llenar arenas y estadios en Estados Unidos con canciones casi completamente en coreando. Es por esa razón que cuando empezaron a cantar en inglés, muchos de los primeros fans de BTS lo leyeron como una concesión al mercado que no era necesaria.
El idioma coreano ni siquiera aparece en una lista de los primeros 20 idiomas con mayor número de hablantes nativos, son apenas 80 millones de personas quienes lo hablan. BTS no llegó a ser un fenómeno mundial con una lengua dominante. Llegó ahí por su trabajo, su creatividad, la producción de sus canciones (muchas de ellas de productores coreanos y de ellos mismos también como productores) y por la conexión emocional de sus letras al traducirlas a distintos idiomas.
Titular el disco Arirang, un símbolo íntimo de identidad coreana y llenarlo de letras en inglés es una contradicción y hace que una se pregunte el por qué de esa decisión cuando ya habían logrado ser una banda reconocida a nivel global sin necesidad de recurrir a cantar un disco casi en inglés.
Hay una asimetría estructural en este imperialismo lingüístico que se ve claramente en el esfuerzo que hacen los integrantes en mejorar su pronunciación y escribir letras en una lengua ajena y con el que nos podemos identificar. Una persona angloparlante cuando viaja a cualquier parte del mundo asume que el país que visita se tiene que acomodar a sus necesidades, por eso el resto estamos obligados a aprender su idioma. En contraste, si nosotras viajamos a Estados Unidos, Reino Unido o Australia tenemos que comunicarnos en inglés.
Cuando me dicen que BTS tiene que cantar en inglés porque, después de todo, sus canciones con más streamings son las que cantan completamente en ese idioma me habla de la pereza que tiene la industria de música anglosajona por no querer entender una expresión musical más allá de la literalidad de las letras de las canciones y no por el sentimiento que transmiten.
BTS motivó a miles de personas a aprender coreano. Eso es un acto cultural potente y excepcional para un idioma con apenas 80 millones de hablantes, no representan ni una quinta parte de los hispanoparlantes. En un mundo acostumbrado a que el idioma con menos hablantes aprenda el idioma dominante para sobrevivir, que la tendencia se invirtiera un poco es algo increíble. Hace 14 años, cuando trabajé con personas coreanas no había el grado de matriculación en escuela de idiomas para aprender coreano porque no existía esa demanda.
Consecuentemente, el argumento de que otros artistas, incluso latinoamericanos hicieron lo mismo es profundamente condescendiente. La propuesta de BTS y del K-Pop, en general, era precisamente ser diferente a esa norma. Por un lado se celebra que rompieron un molde, pero al adherirse a esas reglas que quisieron superar entonces la conclusión es que “es algo que tenían que hacer”.
Otra respuesta que llamó mi atención fue acerca de la importancia que le estábamos dando a un idioma, dado que eso no es lo único que representa a un país. Es verdad, en parte. En México, la invasión española y la colonización hizo que muchas lenguas originarias desaparecieran. La mayoría de los países en Latinoamérica hablan el idioma del invasor como oficial, pero es precisamente por eso que la memoria histórica es importante al analizar manifestaciones culturales.
El caso de Corea es particular porque estuvo ocupada por Japón durante casi 35 años (de 1910 a 1945). La ocupación japonesa fue muy cruel y violenta. Fue en ese periodo donde se implementaron políticas de asimilación cultural sistemáticas conocidas como “japonización” que incluían forzar a las personas coreanas a cambiar sus nombres propios por nombres japoneses, se prohibió la enseñanza del coreano y se obligaba a la población a usar el japonés en espacios públicos, oficinas gubernamentales y empresas. Tras el fin de la ocupación, la recuperación del coreano como lengua oficial fue parte del proceso de reconstrucción nacional y, por supuesto, un espacio de resistencia. No podemos decir que en el caso coreano, el idioma no es identitario cuando intentó ser borrado por muchos años.
La expansión cultural surcoreana a otras partes del mundo es una respuesta histórica a todo eso. El idioma es tan importante para ellos que existe el Día del Hangul (한글), para conmemorar la invención del alfabeto coreano. No sé cuántos países le dediquen una fiesta nacional a su alfabeto, pero presumo que no deben ser muchos. El hangul es parte de su historia y se creó con la intención expresa de permitir al pueblo comunicarse en una época donde la palabra escrita era un privilegio de clase.
Quiero regresar a la escena del documental donde Suga dice que hay mucho inglés en el rap porque también resulta ser muy ilustrativa. Cuando los artistas no angloparlantes cantan en inglés pueden valerse de herramientas para absorber el acento, por ejemplo, usar el fraseo, las notas sostenidas o las tesituras vocales. Björk usa y remarca su acento extranjero al cantar para que se vuelva parte de su estilo y su timbre vocal.
En el rap debe haber un asunto más técnico y puedo entender la preocupación de Suga que es rapero. En el rap el idioma está más expuesto y crudo, depende de la velocidad, de la dicción, de la rima y del dominio del idioma. Que ellos mismos lo hayan señalado no me parece un dato curioso o anecdótico, sólo refrenda mi opinión acerca del tipo de presión que están atravesando actualmente. Me hace admirar el enorme esfuerzo y trabajo que hacen, pero también me molesta lo que les hace la industria.
Redondeando con el asunto de “artistas globales”, desde otra trinchera está Bad Bunny. Yo no soy fan de él, no soy adepta a ese género, pero sigo aprendiendo a ser abierta a escuchar y aprender. Bad Bunny logró ser un artista global sin tener que cantar sus canciones completamente en inglés y su gira ha llegado a países asiáticos. Por supuesto, hay algunas particularidades: la primera es que somos 400 millones más hablando español que coreano y que él usa el inglés porque el país del que proviene es, lamentablemente, una colonia de Estados Unidos. Sin embargo, la relación que los boricuas tienen con el idioma es subversiva. En Puerto Rico no adoptan palabras en inglés para legitimarse, las doblan, las hacen suyas, tropicalizándolas, adaptándolas a su acento y su forma de vida. Hay una diferencia enorme entre el spanglish como práctica cultural orgánica de una comunidad que resiste y el inglés como estrategia de mercado.
Cuando expresé mi insatisfacción porque el disco de BTS estuviera casi completamente en inglés, mi profesora de coreano nos comentó que las personas en Corea del Sur pensaban lo mismo y que estaban en descontento porque la primera presentación en vivo de BTS fue en la plaza Gwanghwamun, una lugar con gran importancia histórica, cantando en inglés.
Algunas personas interpretan esa crítica como toxicidad porque no podemos negar que el fandom coreano lo es, pero esta, yo se las concedo. Pensé en una analogía burda, pero que lo aterriza: qué pasaría si un grupo de regional mexicano que se hiciera extremadamente famoso y global se le permitiera tocar en un lugar emblemático como Chichén Itzá, con lo protegido que está ahora, y lo hiciera en inglés. La verdad, yo también me quedaría rascándome la cabeza, por decirlo menos. Me imagino lo que significa presentarte en un espacio así, con la carga histórica y simbólica, para hacerlo en un idioma que no es tuyo, con todo y que el español tampoco fue la lengua materna de la cultura maya. Me dice mucho sobre a quién les están hablando. Para mí, no a las fans “globales”, sino a una industria que intenta doblegar a la otredad que ellos representan porque ganó popularidad.
Para el fandom internacional esos comentarios se procesan como toxicidad y, de nuevo, no estoy diciendo que no la haya, la hay y mucha. Se reciben como ataque porque los fans han aprendido a blindar algunas conversaciones para cancelar la validez de la crítica. Los fandoms están diseñados para proteger a sus ídolos de cualquier señalamiento, más tratándose de BTS que ha enfrentado racismo, y xenofobia, y muchas veces se ha intentado demeritar sus logros y su trabajo. Señalar una decisión comercial problemática no es hostilidad hacia el artista, sino reconocerlos como agentes con influencia.
A propósito de esas posturas radicales y, en mi opinión algo sectarias, vi un video de una mujer que respondió a un comentario que decía: “Está bien si no te gustó el disco, no tiene nada de malo”. La mujer del video dijo que nos veíamos mal al opinar eso. Lo comparó con un regalo que te haría un familiar que llega en tu cumpleaños y te regala flores amarillas, pero a ti te gustan las rojas y le dices que no gustan. Y bueno, es que la comparación es algo torpe. Confundir el afecto hacia el artista con la obligación de disfrutar todo lo que produce es casi hilarante.
Uno de mis artistas favoritos en la vida es Damon Albarn. Me parece que es un genio musical, sus trabajos me han inspirado a lo largo de mi vida y le tengo un cariño enorme porque lo que él hizo me salvó de tantas maneras. Eso no lo exime del cuestionamiento, sus últimos discos con Gorillaz no han resonado conmigo, los siento lejanos y no consigo conectar. Todo ello sin ahondar en que creo que ha estado haciendo apropiación cultural últimamente.
Analizar una obra culturalmente no pretende menospreciar el corazón, el alma y la pasión invertida en crearla; eso es valioso en sí mismo y siempre digno de aprecio. Habrá quienes conectemos mejor con una expresión creativa que con otra y eso está bien porque todas las personas tenemos experiencias distintas. Esta reflexión lo que busca es analizar lo que esa semilla artística significa en el mundo donde vivimos.
Finalmente, me resisto a aceptar que lo global sea sinónimo de cultura anglosajona. Y me lo cuestiono porque desde niña acostumbré a escuchar música exclusivamente en ese idioma, convencida de que era «superior». Hoy sigue siendo lo que más escucho, aunque intento integrar español en mis gustos, mi colonialismo interiorizado privilegia esa herencia cultural. Me parece honesto señalarlo porque este análisis y crítica no se trata de un juicio moral o aleccionador, sino de aprendizaje.
Crecí escuchando música en inglés y aunque quisiera decir que fue una elección, cuando miró atrás y me doy cuenta de lo que me rodeaba, lo que era considerado cool y tenía distribución masiva no había muchas alternativas, más aún después del Tratado de Libre Comercio. Desde los 90, vivimos en décadas de una infraestructura cultural pensada para el mercado angloparlante, por eso era y sigue siendo para mí tan poderoso e increíble lo que ha hecho BTS, ni en mis más locos sueños imaginé que iba a estar tomando clase de coreano a mis treinta y tantos años.
Me gustaría cerrar esto diciendo que yo no quiero consumir música, ni a los artistas como un producto. Yo escucho música, la siento y la vivo como un acto político, porque para mí, es una expresión que me hace recobrar la fe en la humanidad. Parece que somos millones obsesionados porque subimos nuestros resúmenes de las plataformas de streaming y vamos a conciertos más que nunca, pero en realidad nos están entrenando para consumirla.
Ya no se escuchan discos completos, el streaming agudizó más esto. Todo está diseñado para el skip, la reproducción en aleatorio, la música como ruido blanco, ser virales y conseguir un número de reproducciones. Debido a ello cada vez las canciones duran menos y tienen secuencias repetitivas para que sean fáciles de digerir.
Yo invito a las personas a escuchar con atención, con el corazón, pero también con pensamiento analítico. Para mí un disco no existe así en el vacío, ninguna creación lo hace. Está inmerso en una industria, en la historia, el idioma, la economía y las dinámicas de poder. Todo ello no me hace disfrutar menos la música. Escuchar su disco que, con las repeticiones, ha sido un gusto adquirido, ha sido una experiencia enriquecedora. Sólo que no deseo pretender que la música sólo está ahí de adorno porque “sólo es una boyband”, eso sí sería quitarle el enorme e increíble trabajo que han hecho como artistas y músicos.

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