Fui a mi primer concierto un primero de septiembre de 2006 para ver a la banda mexicana Zoé en el Auditorio Nacional. Quizá, antes había ido a algún concierto, pero esa fue la primera vez que pude ir a ver a una banda que me gustaba y que era consciente de ello. El momento me hizo sentir éxtasis, emoción y una felicidad que no había experimentado antes. Ese fue el principio de varios años siendo una ferviente asidua de los shows en vivo.
No me puedo quejar. Hasta hoy, he podido ver en vivo a muchos de los artistas que más he admirado. He llorado, reído, gritado, cantado, saltado en cada uno de los conciertos, sé que la emoción es absoluta y es plena, pero ya he hablado mucho sobre el sentimiento que me evoca la música y los conciertos en este espacio. En algún momento de mi vida me quise dedicar al periodismo musical porque creía que mi empleo ideal sería ir a conciertos y reseñarlos.
De ese 2006 para acá han cambiado muchísimas cosas. Cuando escribí sobre cómo es que la música y los conciertos aliviaban mi corazón y mi alma, estábamos todavía en confinamiento. Para alguien cuya única personalidad fue ir a conciertos, la pandemia resultó ser un punto de inflexión y yo dejé de ser una joven de veintitantos para comenzar los treinta.
(más…)

