Cuando vi Anatomía de una caída comencé a buscar reseñas o críticas en YouTube. Encontré varias, pero llegué al canal de un señor rancio (lo siento, debo decirlo) que destrozó la película. Incluso, si sus argumentos hubieran sido buenos, se notaba el desdén que tenía por la cinta y que, de fondo, su principal molestia era tener que reseñar una película dirigida y escrita por una directora. Este mismo señor, por cierto, en su reseña del largometraje Zona de interés dijo algo como «alguien que acuñó como banalidad del mal», omitiendo el nombre de la filósofa y politóloga, Hanna Arendt; cuando se tomó varios minutos nombrando todas las influencias del autor de libro en el que está basado la película, todos hombres, por supuesto.
En la literatura hay un debate acalorado sobre si hablar de “literatura de mujeres”. Algunas piensan que clasificarla de esa forma hace una distinción que puede favorecer a la publicidad o promoción que ahora se les da a las autoras o que es como si lo que escriben las mujeres no entrara en la gran categoría LITERATURA. Otras piensan que, por ahora, es necesario hacer esta diferenciación para resaltar el trabajo de muchos años en el que las mujeres han escrito y que ahora está tomando fuerza.
En el cine, en cambio, no se ha debatido esto con la misma pasión y profundidad con la que se hace en la literatura. Con base en la reseña que les platiqué al principio, pienso que es justo por lo que es tan importante ver y comentar películas con guiones escritos por mujeres y dirigidas por mujeres, a pesar de que algunas nos puedan no convencer del todo, me pasa con el trabajo de Emerald Fennell, por ejemplo. Es indispensable ver el trabajo de mujeres en el cine para contrarrestar los discursos misóginos que perpetúan la creencia de que lo que está hecho por mujeres es sinónimo de baja calidad o no es digno de reconocerse. También, para reconocernos en las inquietudes y curiosidades de otras mujeres que se reflejan en las historias que vemos o leemos.
Dicha toda esta introducción, quiero escribir acá de la película de la directora, actriz y guionista francesa Justine Triet, Anatomía de una caída. Esta cinta cuenta la historia de Sandra Voyter, interpretada por la maravillosa Sandra Hüller, acusada de haber asesinado a su esposo Samuel. Daniel, hijo de ambos, tiene una discapacidad visual y es quien halla a su padre sin vida tras regresar de un paseo con su perro guía. Tras descartarse la posibilidad de un accidente, debido a las extrañas condiciones de la caída de Samuel por la ventana de su ático, las autoridades francesas determinan que se trata de un homicidio y la culpable es su esposa. Mientras que Sandra, asesorada de un viejo amigo y abogado, arguye que la caída fue un suicidio.
La historia se desarrolla rápido a pesar de durar dos horas y media. En los primeros treinta minutos ocurre el accidente, homicidio o suicidio de Samuel. Después, comienza la investigación y las interrogaciones a Sandra y su hijo, pues son los únicos testigos del incidente. La mayor parte de la película se centra en el juicio a Sandra. Con cada sesión en la corte, con cada testigo, con cada evidencia se va desvelando poco a poco los secretos más íntimos de la pareja. Daniel, igual que la audiencia, va descubriendo quién eran sus padres y, seguramente, igual que nosotros, va haciendo sus propias conjeturas.
La crítica ha calificado esta película como un thriller policiaco, pero yo pienso que es mucho más que eso. El desarrollo del personaje principal es impecable. Sandra Voyter está llena de capas que se van pelando con cautela. La actuación de Sandra Hüller es excepcional, brindando pequeños y sutiles contrastes conforme avanza la historia. El niño que interpreta a Daniel también es una revelación, bueno, hasta el perro guía es una maravilla.
Una pensaría que un guion con tanto diálogo y donde el 70 u 80% de la cinta está enfocado en el juicio podría llegar a ser aburrido, pero es todo lo contrario. Te intriga, quieres saber más, empiezas a especular acerca de las motivaciones de Sandra, las de Samuel, las de Daniel, las del abogado y el fiscal. Podrás romperte la cabeza intentando descubrir si Sandra es culpable o inocente, a pesar del desenlace y es, precisamente, lo que quiere la directora.
Pronto, te das cuenta que no está solamente en juicio Sandra, si no que están en juicios todas nuestras ideas y prejuicios. Las reseñas de la película están llenas de comentarios a favor o en contra de la protagonista, intentando argumentar por qué la presumen culpable o inocente, ¡vaya provocación de Justine Triet!
Muchas de las posturas en contra de la inocencia de Sandra tienen que ver con la forma en la que se le juzga socialmente. Sandra Voyter es una mujer alemana (con todos los estereotipos que eso implica), se le cree fría; es, además, bisexual, engañó a su esposo; es una escritora que, en algún momento, le «robó» una idea al marido; era una madre molesta con su esposo por el accidente que le provocó la ceguera a su hijo. Ante la muerte de su marido, Sandra no llora y no muestra muchas emociones en el juicio.
Las posturas a favor de Sandra tienen que ver con las experiencias que pudiéramos o no tener. Era una mujer alemana viviendo en otro país por decisión del marido. Samuel, también escritor, estaba frustrado por no poder sacar adelante ningún manuscrito; se sentía culpable por el accidente que provocó la ceguera a su hijo, tomaba antidepresivos; vivía a la sombra del éxito de su esposa, con el rencor hacia ella por haber tenido sexo en una ocasión con otra persona, aislado con su familia en una vieja casona en las montañas francesas por problemas económicos.
Triet invita a que la audiencia tome su postura, una que se erige con base en nuestras creencias, en nuestros prejuicios y en nuestras experiencias. Sandra se dirige a la corte, cuando sale a la luz un audio de una discusión con Samuel, y expresa que en una relación de pareja hay dos historias y que si ella hubiera muerto en lugar de su esposo, bajo las mismas circunstancias, en el juicio se estarían destapando aspectos terribles sobre Samuel, como lo hacen con ella.
Por eso, más que un thriller policiaco que busque resolver un crimen, se trata de un experimento social. Cómo creemos que debe actuar una víctima o un victimario, qué hace a una mujer mala esposa, cómo se debe comportar una persona suicida, estas cuestiones son algunas de las que se pueden plantear cuando prestas atención a las interrogantes del fiscal, de la prensa, de la opinión pública.
Todo en la película resulta ser provocador, un elemento que nos hace cuestionarnos nuestra propia moralidad. En la sociedad, tenemos un sistema de justicia que se encarga de dictar una sentencia a favor o en contra de una persona; sin embargo, son también personas con determinas creencias y valores las que investigan y dan veredictos con base en la moral y no tanto en la justicia.
El desenlace podrá satisfacer a algunas personas o disgustarlas, pero esta película también explora nuestra concepción de la verdad. Hacia el final, Daniel se decanta por crear su propia verdad, tras escuchar argumentos a favor y en contra de su madre acusada de homicidio y de su padre muerto. Los hechos son tal, pero la verdad no es única, ni absoluta porque está condicionada de los deseos humanos por creer en las historias que nos contamos.

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